domingo, 26 de septiembre de 2010

A mis alumnos...

Querido alumno, me dirijo a ti con esta carta porque creo que tú eres el primer testigo de lo que es la clase de Religión, sobre todo en estos tiempos en los que soplan vientos de incertidumbre y muchos detractores se retroalimentan a sí mismos, ahítos de visceralidad y de prejuicios otrora trasnochados, hogaño efervescentes.
Tú sabes muy bien que la clase no es un ámbito para adoctrinar. Cuántas veces he escuchado de tus labios «nos mola esta clase, seño, porque aquí podemos expresarnos con libertad...». Es curioso que voces emergentes, de no se sabe qué cavernas, afirman una y otra vez lo contrario. Más aún, cuando muchos de vosotros os reconocéis ateos, o al menos asolados por la duda, sabéis que en la clase de Religión todas las posiciones son escuchadas y atendidas. Bien sabéis, desde hace ya bastantes años que en esta asignatura cohabitamos creyentes y no creyentes, afrontando apasionadamente tantos temas tannecesarios para poder interpretar nuestra cultura y la de tantos inmigrantes que hoy intentan echar raíces en nuestra tierra para hacer posible el milagro de cohabitar en un espacio común.
Cuántas veces hemos compartido mesa en torno a esos asuntos que hoy parecen precipitarse
hacia un estado de coma profundo: la paz, la justicia, el amor, la libertad... Pues bien, en nuestra clase seguimos acrisolándonos para no perder la esperanza porque tantas veces habéis demostrado tener una gran capacidad de verbalizar vuestras inquietudes desde esa desnudez
ontológica que os caracteriza, porque habláis, dialogáis, aprendéis y me enseñáis desde la
sinceridad, la espontaneidad y la alegría.
Ciertamente contamos con un buen aliado, ese maestro de sabiduría, Jesús de Nazaret, que con su testimonio de vida la ha trascendido como ningún otro, aquel que ha contribuido a forjar la libertad, la justicia y el amor, generación tras generación, pueblo a pueblo, con el testimonio de la verdad, la fuerza del amor y la pasión de la belleza. Él ha jalonado tantas y tantas clases, proponiéndonos el camino de esa libertad que pasa por mantenerse firme frente a la tiranía del poder, frente a la seducción del dinero, frente a la cómoda irresponsabilidad o frente a la hipocresía de esos manipuladores de la verdad que nunca han dejado de seducirnos con espurios asertos y ofrecimientos vanos. Vosotros sois testigos de lo mucho que está en juego, de lo mucho que perdería la enseñanza si consiguen arrinconarla a los arrabales de la escuela, a pesar de haber seguido apostando por ella, durante estos últimos años, contra una alternativa hostil depauperada de contenidos; a pesar del derecho que tienen vuestros padres y vosotros mismos de seguir gozando con la Religión; a pesar de lo que dicen nuestra Constitución, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los acuerdos entre la Iglesia y el Estado o algunas sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional.
Vosotros seréis, pase lo que pase, testigos de tanta verdad aprendida y tanta mentira
soportada

Isabel, maestra de religión católica